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miércoles, 26 de octubre de 2016

Columna emitida del 26/10 al 02/11 del 2016

VIVA EL CAMBIO!
ALGO ATRASADO... PERO QUE VIVA!

La ciudadanía constató que sí es posible un cambio desde el interior del sistema, desde la propia institucionalidad construida por los partidos políticos tradicionales
Ya se habla de un reacomodo de las fuerzas políticas para lo que será el año 2017, donde seremos testigos de la madre de todas las batallas, ya que las relaciones de poder completas estarán a un tris de un cambio profundo, renovador, como hace años no ha ocurrido.

Casi en esta misma fecha el próximo año, miles de chilenos y de ciudadanos con derecho a sufragio, concurrirán nuevamente a las urnas esta vez para elegir desde Presidente de la República hasta consejeros regionales, los CORES, aquellos que nadie sabe que hacen pero que cobran mensualmente a costillas del erario público.

Se elegirán además Senadores en las llamadas regiones impares, la Cámara de Diputados completa y probablemente, hasta se elija al nuevo Gobernador Regional, esa figura extraña, jabonosa casi irreal llamada a reemplazar a los vetustos Intendentes Regionales y a la cual ya nos hemos referido en ocasiones anteriores.

Será una gran oportunidad de cambio donde las fuerzas del orden establecido, del sistema político que premia la mediocridad y rinde tributo a quienes han transformado el servicio público en una profesión rentable, sufrirán la peor de sus derrotas.

Pero por qué me atrevo a realizar esta apuesta a un año de la elección, donde evidentemente los partidos tradicionales y los nuevos viejos movimientos político –esos que tienen discurso de veinteañero independiente pero mañas de de viejo radical- harán algo más que una jugada para mantener el estatus quo, es decir, la situación actual que critican de la boca para afuera.

Pienso, como miles de personas, que lo que acaba de ocurrir este domingo 23 en las elecciones municipales, no sólo fue la derrota en algunas comunas emblemáticas del duopolio político que nos ha gobernado, sino que principalmente, el empoderamiento real de la ciudadanía, que ahora sabe que sí es posible cambiar con algo de organización ciudadana, que sí es posible abrir la ventana para que entre aire fresco y los mismos frescos aprovechen de irse. 

La ciudadanía constató que sí es posible un cambio desde el interior del sistema, desde la propia institucionalidad construida por los partidos políticos tradicionales, y escúchenme, porque creo que no desaprovecharemos esta ocasión de terminar el trabajo ya comenzado.

Hace rato que propios y extraños vienen coincidiendo en el mal estado en que se encuentra la política y quienes se han dedicado estos años a ella, y aunque todavía me cuesta entender cómo partidos como la UDI que en esto se han transformado en el símbolo de lo que la gente detesta y desea cambiar, han tenido hoy resultados que en vez de aterrizarlos los elevan.

Y esto, por extraño que parezca, tiene su respuesta más probable en el hecho de que los electores han sabido en cada caso diferenciar al partido de las personas, de sus integrantes, y seguramente por ello y por las propias cualidades que con certeza tienen esos candidatos, es que sigue siendo un importante partido en nuestro país.

Lo cierto es que apuestas más o apuestas menos, en mi criterio hoy estamos en un nuevo punto de partida para recuperar la confianza extraviada en una actividad tan importante como necesaria: la política, esa que se escribe con mayúscula.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Columna emitida del 20 al 23 de Octubre 2016

CANDIDATOS SOSPECHOSOS
Finalmente mi sospecha es que esos candidatos no quieren comprometerse con nada, con nadie, ni siquiera con ellos mismos.
Es en el conocimiento del otro donde se produce el juego dialéctico que ha permitido al mundo, seguir avanzando, no sólo en el campo de la filosofía y de las ideas en general, sino que en expresiones más pragmáticas y terrenales.

Ya hace más de 5 mil años, los propios atenienses legaron a la civilización actual los métodos que permitieron avanzar al conocimiento, a la ciencia y a la ética.
Pero Sócrates no solo heredó un simple mecanismo de causa efecto.

Lo que enseñó con insospechadas consecuencias hasta hoy, es que en la confrontación de ideas, en la negación de las hipótesis y en la demostración lógica, es que se alcanzan nuevos conceptos, se desarrollan nuevas formas y categorías, se confirman el conocimiento y el avance de la técnica, y finalmente, se van desarrollando las sociedades.

Por todo esto es que nunca me ha gustado la práctica de algunos candidatos, cuya estrategia electoral se basa en el silencio, en evitar la confrontación publica de ideas, de propuestas, de materias que al final son trascendentes, por ejemplo, para que el electorado se informe y pueda elegir verdaderamente.

La tentación de pasar inadvertidos, ocultos en los marasmos de alguna sede partidaria, en la estrechez de un folleto impreso en Tacna o en la sonrisa fingida de algún afiche de campaña, me resulta en lo personal, al menos sospechoso.

Sospecho que esos candidatos algo ocultan. 
Sospecho que esos candidatos nada saben. 
Sospecho que esos candidatos tienen otro interés, que no tienen sustento político, ni siquiera un discurso coherente para la ocasión.

Finalmente mi sospecha es que esos candidatos no quieren comprometerse con nada, con nadie, ni siquiera con ellos mismos.

Bueno, y de esos candidatos anodinos hay muchos, así como muchas explicaciones que ellos mismos se encargan de hacernos llegar para justificar lo que seguramente es una exigencia de su jefe de campaña, o de su abogado, porque también sospecho que en algo andan.

Miren ustedes lo que ha pasado con el candidato presidencial norteamericano Donald Trump. Los debates nacionales organizados por los medios de comunicación y que constituyen una tradición de transparencia y práctica democrática, le han quitado cualquier posibilidad de liderar las encuestas para la próxima elección. Llevado a debatir, ha sido un fiasco, no porque no sepa las técnicas mínimas de comunicación efectiva, sino porque también debe debatir sobre su propia historia.

La técnica del candidato pasmado es una práctica que puede rendir votos ya que se mantiene al electorado en la ignorancia sobre sus posturas, sus compromisos y sobre su curriculum, pero no rinde en valores que puedan realmente aportar a la construcción de sociedades empoderadas en base a información clara, oportuna, sustancial.

Cómo vamos a poder elegir bien si no existe confrontación de ideas, de propuestas sobre los mismos problemas, de soluciones más o menos eficientes. 
Cómo vamos a poder reconocer al candidato que realmente nos conviene como ciudad, como región.

Si no hay debate, si no existe disposición al dialogo, si no existe convencimiento de que todo ello forma parte del derecho que tenemos los miles de electores para dirimir una elección entre alternativas que se ofrecen como distintas, entonces uno puede ir entendiendo del por qué suceden las cosas que han acontecido el último tiempo en el país.


Finalmente nos obligan a elegir a ciegas.

Columna emitida del 20 al 23 de Octubre de 2016

LEGITIMIDAD Y DEMOCRACIA


Ni la Ley Express que redactó el poder ejecutivo -entre gallos y medianoche- tuvo éxito al tener que retirarla del Congreso por falta de apoyo de partidarios y de opositores.
Como poniéndose el parche antes de la herida y a unos días de las elecciones municipales, hoy aparecen en la prensa con cara de circunstancia, políticos de todos los sectores, horrorizados con lo que dicen es un tremendo error de los organismos públicos que cambiaron los domicilios electorales de una cifra fluctúa entre 500 mil y 17 mil chilenos. 

Qué poca seriedad al momento de levantar discursos. Ni las cifras les cuadran a los encargados.

La cosa es que la alta abstención que se presume habré en las elecciones de este próximo domingo, será culpa del nuevo chivo expiatorio de la política chilena: el SERVEL.

Como si este organismo estuviese ajeno al cuoteo de cargos a que nos acostumbran los mismos partidos, o fuese inmune a leyes pésimamente mal concebidas por el ejecutivo y parlamentarios, nos quieren vender la idea de que la culpa de la baja participación electoral es de otros y no de ellos.

Sepan ustedes estimados auditores, que en las últimas elecciones municipales la abstención fue del 60%, y en el caso de Arica, esta llegó al 40%.

Dicho de otra forma, alcaldes y concejales ocupan sus puestos con tan sólo un 40% de participación popular, y en Arica con algo cercano al 60%, que es sólo un poco más de la mitad de los ciudadanos con derecho a voto.

¿Legitimidad?, no gracias, acá no se usa eso.

Pero si de encontrar culpables se trata, en mi opinión fueron los propios partidos tradicionales quienes terminaron secuestrando al sistema político en su conjunto, poniéndolo a su servicio.

Se preocuparon de conseguir el gobierno por un voto más en vez de construir un acuerdo social en torno a lo que sería mejor para el país.
Jubilaron sus propias utopías, renegando de sus ideales, dejando atrás la inspiración como motivo de acción para centrarse en el éxito momentáneo que les aseguró un puesto en el Congreso, un cargo en el ministerio, una pega en el servicio público.

En la última elección presidencial donde resultó electa la señora Michelle Bachelett, votó sólo el 49% de quienes podían hacerlo, y la Presidenta resultó electa con el 36% de los votos.

¿Alguien entiende ahora la razón de su 15% de aprobación?

Pero ya en la elección del 2009 donde resultó electo el Presidente Sebastián Piñera, se abstuvo de votar el 42% de los ciudadanos, lo que también explica el enorme descontento social incubado en ese período.

Pero hay que ser precisos y justos. Desde el año 1993 y sucesivamente, en todas las elecciones se registró una baja impresionante en la participación del electorado. Progresivamente fueron miles de chilenos que decidieron no votar, y aunque esto les duela a los politólogos, la Abstención en estos niveles constituye una manifestación objetiva de la voluntad de las personas.

Lejos quedaron las elecciones en que resultan electos presidentes como Patricio Aylwin o Eduardo Frei. Eran tiempos donde la esperanza era un preciado bien que aún no terminaba de desgastarse.

Pero si hasta el candidato de la UDI Joaquín Lavín, en aquella épica contienda presidencial contra Ricardo Lagos, sacó más votos que los que sacaron más adelante Sebastián Piñera y Michelle Bachelet.

Por todo esto pienso, que es urgente converger en un nuevo Pacto Social donde el pueblo esté realmente representado, donde exista realmente voluntad de cambio, donde existan espacios para que florezcan nuevos y distintos liderazgos, que permitan centrar el fondo del problema y promover las soluciones que le hagan bien al país.


La Abstención comenzó hace varios años y es una manifestación de la voluntad popular. 

Es una decisión, un grito soberano de tantos chilenos y chilenas que hoy reclamamos contra un sistema que nos ahoga, que nos persigue y que no nos permite pensar en una Patria un poco más desarrollada, un poco más justa, un poco más equitativa, un poco más feliz.

viernes, 7 de octubre de 2016

Columna emitida del 8 al 14 de Octubre de 2016

5 DE OCTUBRE DE 1988 Y EL VALOR DE LA LIBERTAD
Si Guillier el twittero se refiere a que el triunfo épico del NO, no sirvió para nada y que no valió la pena, entonces me declaro en estado de conmoción y rebeldía.
Alejandro Guillier, ex periodista, ex presidente del Colegio de la Orden, ex empleado de la Concertación en el primer gobierno de la Presidenta Bachelet, ex Senador Independiente y próximamente, ex pre candidato presidencial del radicalismo, cometió un lapsus de aquellos, que nos encargaremos de no dejar pasar.

En plena celebración del triunfo del No, este pasado 5 de octubre, posteó un certero twitt que dio en el corazón y alma de ese 56% de chilenos que hace ya 29 años, decidimos derrotar a la Dictadura militar que nos agobiaba, tan solo con las armas de la movilización civil electoral.

Guillier o su encargado de Twitter, cargo que milagrosamente apareció para echarle la culpa de este sinceramiento digital, señaló que ese 5 de Octubre no había traído la alegría, cuestión en la que reconozco estoy de acuerdo, aunque sea en parte.

El 5 de Octubre de 1988 el ambiente en el país se podía cortar como mantequilla caliente.

La mayoría de las personas sabíamos que había llegado el esperado día en que anhelábamos cambiase la situación política y social, que ya vivíamos por 15 años.

Nadie podía afirmar que ello resultaría.
Se había propagado un clima de rumores de autogolpe, de desconocimiento de la voluntad popular, de amenazas de resistencia armada propagada por el partido comunista y sus sucursales de cabezas calientes, pero sin embargo, y con la distancia que nos permite el tiempo, creo que la mayoría de quienes algo tuvimos que ver por humilde que fuera nuestra participación, volveríamos a apostar por la libertad y la democracia.

Sobre lo que pasó después ya mucho se ha escrito, y hoy, son cientos las versiones que circulan con protagonistas y circunstancias inexistentes y por lo mismo, desapegadas de la verdad.

Pero a casi 30 años de aquella emblemática fecha, hay quienes se atreven como el Senador Alejandro Guillier, a cuestionar si realmente esa gesta cívica fue positiva para Chile, o por el contrario, fue el corolario de un cambio que no fue tal.

Para analizar este cuestionamiento, aunque sea con la brevedad que nos permite esta capsula radial, debemos detenernos necesariamente en algunos de los efectos no deseados que tuvo el triunfo del NO, y que comenzaron a gestarse desde aquel mismo día en que derrotamos a la Dictadura.

Porque si debe existir consenso en algo, es que el 5 de octubre de 1988, el poder y el terror que representaba el gobierno militar, se desmoronaron definitivamente.

Cuando aspirábamos a reponer un Congreso con parlamentarios elegidos democráticamente y un sistema que representara fielmente la soberanía popular, pensábamos que el verdadero riesgo para la institución parlamentaria estaría dado precisamente por las leyes y artilugios constitucionales dejados por el régimen militar.

Sin embargo lo cierto de la afirmación anterior, el verdadero riesgo, el más letal para la soberanía del pueblo, estaba precisamente en los malos parlamentarios y su legado de corrupción que en tan poco tiempo, dañaron al país y sus instituciones.

Aspirábamos también a cambiar los dañinos efectos de un modelo económico que dejaba expuestos en sus ciclos recesivos, a la clase media, verdadero motor del país que construimos. Pero sin embargo, aún todas las promesas programáticas, consensos y decisiones de los dirigentes políticos, nunca se atacó a la médula del sistema, ni a las reformas ochenteras que requerían al menos, las modificaciones y cambios naturales acorde al paso del tiempo.

Así el sistema previsional hizo crisis, el sistema de educación municipal hizo crisis, el sistema de salud pública hizo crisis, el sistema de salud privada hizo crisis, el sistema judicial hizo crisis, al menos hasta que se realizó la reforma procesal, donde después, también ha hecho crisis.

En todo esto, si es que el Senador Guillier se refería a ello, estoy de acuerdo con el twitter de su autoría y por el que después se deshizo en explicaciones.

Pero si Guillier el twittero se refiere a que el triunfo épico del NO, no sirvió para nada y que no valió la pena, entonces me declaro en estado de conmoción y rebeldía.


Mil veces un mal gobierno que vivir en un régimen donde la vida y los derechos de las personas no valen nada.